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martes, 26 de abril de 2022

¿Cuántas veces puedo comulgar al día? ¿una, dos, tres?

Si una persona que va a Misa diaria y comulga, asiste a otras Misas en ese mismo día, ¿puede comulgar otra vez?, ¿cuántas veces al día puede comulgar un fiel? Son preguntas que muchos de ustedes ya saben la respuesta, pero hay algunas personas desconocen esta realidad.

En una conferencia que pronunció monseñor Julián Herranz, decía lo siguiente:

“Siendo la Eucaristía el más excelso de todos los Sacramentos –porque en él no sólo se comunica la gracia divina, sino que se recibe al Autor mismo de la gracia–, es comprensible que el derecho universal de la Iglesia establezca una serie de normas, algunas ya de derecho divino, tanto para proteger y regular el ejercicio de ese derecho como para limitarlo, cuando así lo exigen la veneración debida al Cuerpo y la Sangre de Cristo, la recta formación de las conciencias y el bien común de la sociedad eclesial”.

Y más adelante afirmó: “Ante las dudas surgidas al respecto, la suprema Autoridad ha afirmado la imposibilidad –por respeto y veneración a la Eucaristía cuya recepción no puede banalizarse– de recibir la sagrada Comunión más de dos veces al día. Con una Interpretación auténtica, del 11 de julio de 1984, la competente Comisión Pontificia respondió como sigue a la pregunta: ‘Si, a tenor del can. 917, el fiel que ya ha recibido la Santísima Eucaristía, puede recibirla en el mismo día solamente otra vez’…”.

Es decir, que quien ya comulgó puede volver a comulgar ese mismo día si asiste, por ejemplo, a una Misa de difuntos o a una boda. Debe tratarse de algo excepcional. No se puede comulgar regularmente varias veces al día porque se corre el riesgo de considerarlo algo banal, algo que se hace sin pensar ni rendir la debida adoración a Aquél que se recibe en la Sagrada Eucaristía.

¡Dios bendiga tu día! 

Fuente; Catholic.net

domingo, 8 de agosto de 2021

CON LA FUERZA DE AQUELLA COMIDA, CAMINÓ HASTA EL MONTE DE DIOS


En este Domingo XIX del tiempo Ordinario, Jesús en el Evangelio nos dice: «Yo soy el Pan que da la vida». Con esta autopresentación está expresando cómo entiende él su propia existencia, su misión aquí en el mundo. Y en este sentido la imagen del pan es muy llamativo, porque para que el pan y todos los alimentos cumplan su función en nuestro organismo necesitan ser masticados y destruidos. Ya podemos imaginarnos por donde va la misión que Jesús ha comprendido de su vida, estar dispuesto a ser destruido para darnos vida (cf. S. Béjar). 

Esta misma misión es la que nos comparte, es con la que “comulgamos” al “comer a Jesús”, una expresión muy áspera pero que al menos tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: “no trago a tal persona”. “Tragarnos a Jesús” nos ayuda un poco más a comprender lo que significaría tragarnos su mentalidad, sus opciones, sus preferencias, su estilo de vida (cf. D. Aleixandre). La Eucaristía, entonces, es tremendamente comprometedora, el que coma el Pan de Vida tiene que estar dispuesto a entregar su vida y ser alimento para la vida de este mundo. 

Por otro lado, en este mismo Evangelio escuchamos que Jesús dice que el Pan de Vida es muy diferente al maná, un alimento perecedero que permitió al pueblo la existencia temporal pero no la eterna, que llenaba el estómago, pero no el corazón. En cambio, el Pan que baja del cielo, ese sí que puede llenar nuestro corazón, no solo en esta vida sino eternamente. Este futuro en Dios nos compromete a esforzarnos por vivir plenamente y ayudar a vivir plenamente a los demás. 

Por eso podemos decir que «la Eucaristía es un bien social, un don que Dios nos regala «para la vida del mundo» (L. Arnaíz). En un mundo con señales de rotura por un consumismo tan provocador con signos de maltrato de la vida en todas sus formas (cf. LS 230), y en el que las consecuencias las viven dramáticamente los más pobres (cf. LS 13); la eucaristía nos interpela y nos fortalece porque solo comiéndolo sabremos ser comida (Cf. P. Casaldáliga).

miércoles, 16 de octubre de 2019

MISA DE LA CARIDAD

Hospital Nacional de Chimaltenango


Personas que están junto a los enfermos que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies».

Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia.





sábado, 11 de agosto de 2018

EL PAN DE VIDA



El evangelio de estos domingos queridos hermanos parece una escalera de caracol, como que estamos dando vueltas en el mismo lugar, pero no es así. Estamos escalando y cada vez vamos más arriba o más abajo desde lo profundo de significado sobre el pan de vida.

Los sacramentos son signos; De aquí la importancia de llegar a entender el signo del pan entre los hombres. En un cierto sentido, para entender la Eucaristía nos prepara mejor la actividad del ciudadano, del molinero, del ama de casa o del panadero; porque éstos saben sobre el pan infinitamente más que el intelectual, que lo ve solamente en el momento en que llega a la mesa y lo come, incluso hasta distraídamente.

Si le preguntamos a un maestro sobre esta materia nos contaría toda la historia fatigosa para la preparación, desde la siembra del trigo hasta la fermentación, que no es nada fácil, como también puede pasar con la tortilla, desde la siembra hasta la masa. No se adquiere con facilidad. Solo el padre de familia sabe lo duro de llevar el pan y la tortilla sobre la mesa.

Ahora bien ¿Y qué es el pan cuando nos llega sobre la mesa? El padre o la madre, que lo parte o sencillamente lo pone en la mesa, se asemejan a Jesús. De igual forma, él o ella podrían decir a los hijos: «Tomen y coman: esto es mi cuerpo entregado por ustedes». El pan de cada día, en verdad, es un poco su cuerpo, el fruto de su fatiga y el signo de su amor.


 Cuántas cosas, conlleva el signo del pan: el trabajo, la espera, la nutrición, la alegría doméstica, de la unidad y solidaridad entre los que lo comen... El pan (o la tortilla en nuestro caso) es el único, entre todos los alimentos, que nunca da nauseas; que se come todos los días y, cada vez, su sabor nos resulta agradable. Se ajusta con todas las comidas. Las personas, que sufren hambre, no envidian de los ricos el manjar o el salmón ahumado; envidian, sobre todo, el pan fresco.

Bien, veamos ahora qué sucede cuando este pan llega sobre el altar y es consagrado por el sacerdote. La doctrina católica lo expresa con una palabra. Transubstanciación, con la que la Iglesia ha expresado su fe. ¿Qué quiere decir transubstanciación? Quiere decir que en el momento de la consagración el pan termina de ser pan y llega a ser cuerpo de Cristo; la sustancia del pan, cede el puesto a la sustancia de la persona divina, que es Cristo resucitado y vivo, incluso si las apariencias externas (en el lenguaje teológico, los «accidentes») permanecen las del pan.

Para entender transubstanciación pidamos ayuda a una palabra emparentada con ella y que nos resulta más familiar, la palabra transformación. Transformación significa pasar de una forma a otra, transubstanciación pasar de una sustancia a otra. Pongamos un ejemplo. Vemos salir a una señora en una sala de belleza con un peinado totalmente nuevo, a veces, nos sale espontáneamente el exclamar: «¡Qué transformación!» no decimos: «¡Qué transubstanciación!» sino que transformación porque ha cambiado el aspecto externo; pero, no su ser profundo y su personalidad. Si antes era inteligente, sigue siendo inteligente; si no lo era antes, tampoco ahora. Han cambiado las apariencias, no la sustancia.


 En la Eucaristía sucede exactamente lo contrario: cambia la sustancia; pero, no las apariencias. El pan viene transubstanciado, pero no transformado; las apariencias, en efecto, (la forma, el sabor, el color, el peso) permanecen, mientras que ha cambiado la realidad profunda, que ha llegado a ser el cuerpo de Cristo. Se ha realizado la promesa de Jesús: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

jueves, 13 de agosto de 2015

¿DUDAS SOBRE LA EUCARISTÍA?


¿Sabes lo que es la  Eucaristía?

Expliquémoslo de una manera muy sencilla, “Uno de los siete sacramentos de la Iglesia Católica, en el cual Jesucristo se halla presente bajo las apariencias del pan y del vino, con su cuerpo, alma y divinidad.”

¿Tú crees en eso? ¿Será posible? ¿Será un mero ritual? ¿Será todo una mentira?

Veamos las siguientes presentaciones y salgamos de nuestra mediocridad.